Por: Federico Sariñana
– Ahhh… ¡Pinche Acapulquito!… – resonó el lamento nostálgico con un marcado acento chilango.
Un largo trago a una lata gigante de Carta Blanca y un resoplido, justificaron la pausa y dejaron la atención puesta: «…aunque esté en devaluación, es una chulada».
Un amigable: «Salud, jefe», es la respuesta natural este mirón al verse descubierto.
Y es que la escena es elocuente: al frente, un atardecer espectacular en Caleta, posiblemente la playa más famosa de México y más allá; en la mesa, una cerveza bien fría, de esas que congelan la garganta y un horizonte que se mezcla entre el mar y la isla de La Roqueta…
Pero alrededor, este devaluado paraíso: el hotel Caleta, olvidado desde hace décadas y convertido en una gran piedra que atestigua el paso del tiempo; de frente, el también abandonado Mágico Mundo Marino, que fue un acuario y parque de diversiones sobre un histórico islote «Tortuga» entre Caleta y Caletilla, el mismo donde alguna vez levantó un palacio el todopoderoso Maximino Ávila Camacho, hermano del entonces presidente de México, Manuel Ávila, justo a principios de los años 40s, en plenitud del poder.
Un poco más a la derecha, el hotel Boca Chica, construido en los años 50, olvidado después, rescatado en 2012 como hotel-boutique-retro-chic y que volvió a cerrar en 2022 debido a la pandemia. Quizá la referencia más reciente fue que ahí se filmaron escenas de la película «No se Aceptan Devoluciones», de Eugenio Derbez.
Y detrás, el ejemplo más reciente de los problemas “este pinche Acapulquito»: El restaurante La Cabaña, emblemático lugar que fue «misteriosamente» incendiado el 15 de octubre de 2024, justo cuando comenzaba a recuperarse tras el impacto de «Otis», el 23 de octubre de un año antes.
El mesero intenta contener una mueca cuando se le recuerda que les ha pasado de todo en los últimos años.
– Estamos salados en Acapulco en los últimos tiempos: ‘Maña’ (inseguridad), pandemia, (huracán) «Otis», incendio y (huracán) «Jhon»… en menos de 5 años y aquí seguimos, jefe. -admite con resignación.
Uno de los dueños del restaurante murió y otro renunció. La mitad de los más de 30 empleados se fueron. Los que quedaron se organizaron, improvisaron espacios y mobiliario para reactivar el lugar como una especie de cooperativa.
– Lo bueno es que nos quedamos con los cocineros -ríe el mesero.
La resiliencia de “este pinche Acapulquito».
Dos hombres y una mujer armados con rifles y con playeras amarillas con la leyenda «Policía Turística» recorren la playa y llegan a preguntar a los visitantes si «todo está en orden».
‐ ¿Serán reales? -pregunta el señor de la cerveza al mirón.
– A ver, pregúnteles…
Cervecero y mirón ríen.
El cercevero es Don Estaban Romero, de Ecatepec. Justifica la nostalgia de “este pinche Acapulquito» al recordar que conoció el mar en esta misma Caleta cuando era niño, allá a principios de los 70’s.
También pasó aquí su luna de miel en los 80′ y recuerda una de las mejores noches de vida en el Ninas, de Costa Azul al que entraron por que un compadre era familiar de un gerente.
– «La Nena» es «made in Acapulco»… – presume socarronamente mientras apunta con las cejas a su hija mayor. Su esposa lo codea discretamente.
– Regresamos ya años después con los chavos más grandes y hasta con la suegra y el perico…
– ¿Cuándo fue la última vez que vinieron? – le pregunto.
– Uhhh… hace como 10 años. Cuando no les caía la «malaria»…
Seguramente se refiere a los huracanes, delincuencia, malos gobiernos y demás problemas que ha tenido “este pinche Acapulquito».
Los vendedores, identificados con playeras blancas, esperando turno para ofrecer de todo: fruta, donas, nieves, la «banana», renta de bocinas, ostiones frescos, cadenas y pulseras «de plata de Taxco» despintadas..
– Y lo que no vea aquí, se lo conseguimos con unos ‘amigos’, patrón… -ofrece un adolescente con un radio colgando del short.
Un cortante «gracias», es la única respuesta.
– ¿De dónde eres? – retoma el cervecero.
– Ehhh… Guadalajara – se me ocurre para tratar de mantener la neutralidad de sus comentarios… – Y allá vamos a (puerto) Vallarta.
– No conozco, pero sí te puedo decir que este pinche Acapulquito es un paraíso, aunque se lo hayan chingado. Así jodido como lo ves; ‘devaluado’ como le digo yo, no tiene comparación. Te puedo jurar que todos los mexicanos tenemos una historia aquí… y si tú no la tienes, quizá tus papas o tus abuelos sí.
– A ver qué chingados les toca a ellos… – Y apunta sus nietos
Se acaba la última cerveza y marca la retirada la tropa.
– ¿Ya, jefe? – Ya. Los meseros nos recomendaron irnos de la playa antes de que oscureciera. Además, allá en la calle no hay luz y así como está ‘este pinche Acapulquito’ no le vayan a dar un cristalazo a la camioneta…